asimètric

 

asimètric, el otro territorio salvaje (Baix Llobregat 2015-2018)

 

Es un hecho que nuestra relación con el mundo natural es problemática, y no puede ser de otra forma en una sociedad inmersa en un crecimiento descontrolado, que parece no tener fin; y que está perdiendo la herencia del conocimiento ancestral, sin consciencia real del próximo y confuso futuro medioambiental. Las fotografías persisten en ser testimonios de esta realidad, cuestionándonos la tradición de lo bello, y también las ideas tradicionales de lo que es interesante. Imágenes que son un intento de reconocer y aceptar el mundo tal como existe. Son los paisajes familiares que se han vuelto invisibles, las partes de nuestro entorno que la costumbre nos ha llevado a no ver. Es el paisaje común de lo cotidiano y lo ordinario. Es un espacio de transitoriedad, en qué el sentido y el significado del lugar se han perdido. No es el paisaje de la naturaleza salvaje, ni del parque o reserva natural. Es un territorio asimétrico y multiconfigurado, de segunda mano y de la periferia; de frontera, franja o límite. Un espacio esencialmente nómada que nos invita al tránsito, a deambular, al descubrimiento y a la sorpresa.

 

El Edén se convierte en objeto de deseo sólo después de ser arrojados fuera de él. Las mejores imágenes de paisaje, aparte de otras emociones que puedan evocar, están basadas en esta pérdida. En las fotografías de paisaje, el mundo representado debe de haber existido para crear la imagen, pero, paradójicamente, la fotografía atestigua también la ausencia de ese mundo. Las fotografías de naturaleza sin explotar son casi objeto de devoción y nos muestran la necesidad, e incluso el deseo, de una relación armoniosa con el mundo natural. Los seres humanos experimentamos esta ruptura como un problema, invirtiendo ingentes cantidades de energía en nuestros persistentes intentos para remediarlo. Una promesa que contiene su propia negación.

 

 

A pesar de ello, en el arte todavía podemos encontrar aquella resonancia ancestral del territorio salvaje, que sobrevive en la imaginación poética. Está perennemente dentro de nosotros, como dormida, dentro de un paréntesis, ni muerta ni perdida. Aventurarnos en las zonas salvajes de nuestra mente original despierta el vínculo de aquello esencial que permite acompasarnos con los ritmos del Universo. El mundo es nuestra consciencia y nos envuelve, no tan solo observa, también escucha y susurra. Trabajo en un lugar, sobre el sueño del lugar. La posibilidad de adentrarse en un tiempo mítico ha sido prácticamente olvidada. Hay un mundo detrás del mundo que vemos, más abierto y trasparente. Siempre estamos en ambos mundos, no son realmente dos. A la antigua usanza, caminar es la manera de aprehender la pulsión polifónica de la naturaleza; la armonía entre el cuerpo y la mente, la primera meditación. El ojo atento, detenerse, cruzar el umbral casi perceptible, captar la infinidad del instante, de la iluminación. Contemplar y contener el aliento para ver el precioso detalle que se desvanece. Existe un momento y la eternidad; y entre ellos la sabiduría fugaz, que nos sugiere silencio y celo.

 

pep mata
primavera de 2018