AOJAR

aojar, el bosquejo des-velado (luz de invierno 2020-2021)
 

Arboles. Una oscura maraña de árboles, espesa, intrincada, interminable; sin ningún sentido. Un río perezoso invadido y ahogado por los árboles, algunas madrigueras de crichis escondidas entre los árboles, algunos ciervos rojos, monos peludos, pájaros. Y árboles. Raíces, troncos, ramas, hojas arriba y abajo que se le metían a uno en la cara y en los ojos, una infinidad de hojas en una infinidad de árboles. (…) Soplaba el viento, y las mil tonalidades del moho y el crepúsculo, los pardorrojizos y los verdes pálidos cambiaban sin cesar en las alargadas hojas de los sauces. Espesas y rugosas, las raíces estaban cubiertas de un musgo verde a orillas de los arroyos que fluían lentamente como el viento, demorados por suaves remolinos y falsos remansos, atascados en piedras y raíces, las ramas colgantes y hojarasca. No había un solo claro, ni un resquicio de luz hendía la espesura. Hojas y ramas, troncos y raíces -lo umbrío, lo complejo- invadían el viento, el agua, la luz del sol, la luz de las estrellas. Debajo de las ramas, alrededor de los troncos y sobre las raíces corrían senderos pequeños, ninguno en línea recta, todos se desviaban ante un mínimo obstáculo, tortuosos como nervios. El suelo no era seco y compacto sino húmedo y esponjoso, producto de la colaboración de los seres vivos y la lenta, la morosa muerte de las hojas y los árboles; y en aquel fértil cementerio crecían árboles de treinta metros de altura, y hongos diminutos que brotaban en círculos de un centímetro de diámetro. Había un olor en el aire, sutil, variado y dulzón. El campo visual nunca era demasiado amplio, a menos que espiando a través del ramaje alguien alcanzara a divisar las estrellas. (…) Abarcarlo todo de una sola mirada era un imposible: ninguna certeza.
(…) Aún dormía largamente, pero por primera vez en muchos meses había empezado a soñar otra vez despierto, regularmente, no una o dos veces en un día y una noche sino con el pulso y el ritmo verdaderos del sueño, que se manifiesta y desaparece entre diez y catorce veces por día. (…) Había temido estar definitivamente separado de sus raíces, haberse internado demasiado en las regiones muertas de la acción y nunca más encontrar el camino de regreso a las fuentes de la realidad. (…) Una vez que uno ha aprendido a soñar sus sueños en el estado de vigilia total, a apoyar la salud de la mente no en el filo de navaja de la razón sino en el doble platillo, el delicado equilibrio de la razón y el sueño; una vez que uno ha aprendido eso, (…) [puede] comprender, por fin, el significado athshiano de la palabra “sueño”, que era al mismo tiempo la palabra “raíz”, y así puso en sus manos la llave del reino del bosque. (…) Podía entonces ser alguien capaz de traducir a la vida de la vigilia la experiencia capital de la visión: alguien que sirviera de eslabón entre las dos realidades, consideradas por los athshianos como idénticas, el tiempo-sueño y el tiempo-mundo, y cuyas relaciones, aunque vitales, son oscuras. Un eslabón: alguien que podía expresar con palabras las percepciones del subconsciente. “Hablar” esa lengua es actuar. Hacer una cosa nueva. Cambiar o ser cambiado, desde la raíz. Porque la raíz es el sueño.

 

Ursula K. LE GUIN: “El nombre del mundo es bosque”